domingo, 9 de febrero de 2014

SAL DE LA TIERRA, LUZ DEL MUNDO

Ser "sal de la tierra" y "luz del mundo", no es lo mismo que ser "luz de la tierra" y "sal del mundo". La diferencia no solo está en el acomodo de las palabras. 

Ser "sal de la tierra" es diferente de ser "sal del mundo", porque quien es "sal de la tierra" busca hacer la diferencia con su fe y convicciones en este mundo carente de estos dos elementos. Simplemente vive su fe y da testimonio de ella haciendo que el mundo gire no sólo sobre el inestable eje del egoísmo humano sino sobre el armónico eje de la justicia verdadera. 

Por otro lado ser "sal del mundo" es arruinar las cosas. Una comida salada esta arruinada, no es apetecible, es despreciable. Buscar a toda costa prevalecer sobre los demás es una de las peores tragedias del ser humano, es la consolidación del egoísmo en toda su expresión. Salvaguadar el yo, es no trascender, es condenar al espíritu propio a la corrupción, a la soledad y a la muerte. Es saturar de sal algo que podría ser apetecible y provechoso, arruinándolo sin remedio. 

Ser "luz del mundo" es diferente a ser "luz de la tierra", ya que ser "luz del mundo" es otorgar a otros la propia luz, para que encuentren seguridad y sosiego. Es desdoblarse hacia afuera de sí mismo para disponerse al servicio de los demás, sobre todo de aquellos que están más necesitados. Es brillar no con luz propia sino con aquella que se recibe de alguien superior, alguien que no solo posee la Luz verdadera, sino que se identifica plenamente con ella. 

En cambio ser "luz de la tierra"es pretender otra cosa muy distinta. Es brillar tan intensamente hasta llegar a deslumbrar a los propios y a los extraños, es querer llamar la atención, es presumir ser lo que no se es, es ser reo de una mentira afirmada con arrogancia: "yo soy La Luz". Es replegarse en sí mismo para vivir encerrado en el camino oscuro de la autocomplacencia, de la vanidad, del libertinaje y la injusticia. Es pretender brillar por sí solo, no queriendo iluminar, sino para ser contemplado e idolatrado, escondiendo así la propia miseria. 

Entre estas cuatro posibilidades, lo determinante no es identificarse con alguna de ellas, sino más bien ser concientes de la oportunidad de elegir. La opción es la llave para vivir en el verdadero y recto significado o dejarse seducir por la sutil apariencia de bien de la opción incorrecta. 

Jesús pudo decir que sus discípulos eran verdaderamente "luz del mundo" y "sal de la tierra"(Mt. 5, 13-16) porque para ese momento ya habían hecho una opción fundante en su corazón. Habían optado por Él, habían optado por el apasionante camino de la fidelidad, en el que lo más importante es identificarse plenamente con el Maestro en una lucha encarnizada por conservar la verdadera esencia cristiana, evitando con todas la fuerzas volverse insípidos y ser echados fuera. Considerando todo esto podemos entonces afirmar que las opciones estan abiertas, y que la libertad está puesta en las manos de cada uno.