miércoles, 12 de febrero de 2014

EL DON DE DIOS

Dios adornó así el cielo que cubre el Colegio Mexicano, residencia de
los sacerdotes mexicanos que estudiamos en Roma,
esta tarde del 12 de febrero de 2014.  
Muy seguramente todos le hemos pedido a Dios muchas cosas. La solución a necesidades urgentes que en la  mayoría de los casos son bastante justificables. Por otra parte aquellos que quieren crecer en su amistad con Dios le piden mas fe, más paciencia, más resistencia a la tentación y hasta el perdón de los pecados cuando la cociencia nos reclama aquello malo que hemos cometido. Todo esto que pedimos podemos llamarlo: don. 

Es necesario reconocer que en la mayoría de los casos pedimos lo que no merecemos. Simplemente nuestra confianza de hijos e hijas nos hace abandonarnos en las manos misericordiosas de quien sabemos tiene la última palabra sobre nuestro destino. Y en eso no hay nada de malo, yo me atrevo a decir que es lo que nos toca hacer, confiar sin medida en la generosidad de Nuestro Padre del cielo. 

Citando al entonces cardenal Joseph Ratzinger, en una interpretación que elabora sobre el pensamiento de San Agustín, podemos decir que: 

"El don de Dios es Dios mismo. Él es el contenido de la oración cristiana. La auténtica oración cristiana no implora por eso algo cualquiera, sino el don de Dios, que es Dios; implora por Él". 
(-Card. J. Ratzinger, "Convocados en el camino de la fe", p. 50) 

Así, nuestro anhelo, nuestra necesidad, nuestra devoción transformada en oración, es un clamor que se eleva hasta la presencia de Dios, rogando por Él mismo. Toda nuestra necesidad, toda nuestra sed, es una necesidad y una sed de Él, es un intenso anhelo de Él. 

Implorar a Dios por su presencia, por su amistad, por el don que nos tiene preparado y necesitamos es algo que todos tenemos inscrito en nuestra propia naturaleza. Gran parte de nuestra frustración existencial, de nuestra melancolía y desesperación es causada por esta necesidad que tenemos de Él. Y tal vez orillados por estos sentimientos de vacío y sequedad, podemos llegar a pensar que aquello que necesitamos está tan lejos de nosotros que no podremos alcanzarlo nunca. Sin embargo es importante decir que esto es totalmente falso. El don de Dios está más cerca de lo que pensamos. 

Y la Buena Noticia es que este don que tanto necesitamos, Dios nos lo quiere otorgar, y ya nos lo ha otorgado, en muchas ocasiones y en abundancia. Y si esto pareciera poco, Dios nos lo quiere seguir otogando porque el es un Dios generoso y posee todo en abundancia. 

Lo paradójico de todo esto, es que habiendo recibido en muchas ocasiones el don de Dios, ha pasado desapercibido en nuestras vidas. Así como en muchas ocasiones no reconocemos que lo que realmente estamos implorando es el don de Dios mismo, su presencia y su consuelo, en muchas otras ocasiones este don que pedimos no lo reconocemos cuando lo recibimos. Y aún así Dios no deja de atender nuestros ruegos y siempre, siempre viene en nuestro auxilio. 

¿Qué hacer entonces? Seguir pidiendo, seguir confiando, seguir esperando su don. Y al mismo tiempo, darle a nuestro corazón un vuelco hacia Él. Aprender a quitarnos los oscuros anteojos de nuestro propio egoísmo y pedirle que nos ayude a ser sencillos en el corazón para percibir en su totalidad el amor que nos prodiga en todo momento. Esa es nuestra tarea, buscar en todo momento estar en comunión con Dios y despojarnos de nosotros mismos para poder gozar de su presencia. No es una tarea fácil, y no se nos reclama hacerla en poco tiempo, porque es una tarea que dura toda la vida.