martes, 11 de febrero de 2014

BENEDICTO XVI, NUESTRO PAPA EMÉRITO


Esta es la imagen de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, que guardo en mi memoria. Es la imagen de un hombre verdaderamente venerable. 

Ataviado con las vestiduras propias de su dignidad, porque a simple vista puede parecer lujo, pero en realidad son las vestiduras propias, ni más, ni menos, es lo propio sin agregar más. Además lo que viste exteriormente, es solo un signo de lo que interiormente adorna la persona de este hombre santo. Sus virtudes fueron probadas a fuego, al tremendo fuego de las circunstancias que rodearon su pontificado.

Su mirada es la mirada de quien conoce perfectamente a la Iglesia, es una mirada serena, consciente, amable, bondadosa, sabia. Benedicto XVI, conoce bien a la Iglesia, porque ha dedicado su vida entera a servirla, en cuerpo y alma. 

Quien se atreva a juzgar a Benedicto XVI de manera negativa, estará realmente equivocado. Y digo que estará realmente equivocado porque a la distancia los juicios nunca son justos, necesitaríamos toda una vida para conocer a una persona y entonces aventurarnos a emitir un juicio, y aún así nos equivocaríamos. Solamente el tiempo dará razón de lo mucho de bueno que el mundo y la Iglesia le deben a Benedicto XVI. 

Porque habiendo sido considerado conservador y retrógrada, dio muestras de ser uno de los Papas, más adelantados y vanguardistas de la historia. Su pensamiento y enseñanza, supera por mucho lo que sus detractores -intelectuales y también a los que les falta seso- pudieron decir, escribir o afirmar, porque su sabiduría y elocuencia estaba fincada en un servicio humilde y a veces hasta tímido. 

Dió también ejemplo de una fortaleza sin igual. Se mostró accesible y vulnerable, a diferencia de quien lo pensaba inalcanzable, tanto que a su edad resistió el embate de una mujer desequilibrada que lo tiró por tierra en aquella noche en la que celebraría la misa de Navidad. 

Con una firmeza sin igual, resistió el embate de todos, de propios y extraños cuando sus decisiones y palabras no afirmaban aquello que los oídos ociosos querían escuchar, sino aquello que era lo recto, lo conveniente, lo verdadero. Si Juan Pablo II, abrió muchas puertas en el mundo, Benedicto XVI, les puso una cuña para que nunca más se puedan cerrar, y lo hizo con decisión, entrega y humildad. 

El "Papa Ratzinger", entiende perfectamente el tiempo actual, conoce sus caminos, sus fortalezas y debilidades, y su posible rumbo, porque se ha dedicado a dialogar abiertamente desde la fe cristiana con aquellos que son sus protagonistas. Fueron 8 años de trabajo incansable, de enseñanzas, viajes y entrega apostólica. Cuando pensaba retirarse, Dios lo eligió para una tarea agotadora, guíar a la Iglesia entera, y el no dudó en aceptar la tarea, realizandola con entrega y sencillez. 

Sin embargo llegó el tiempo en que teniendo plena conciencia de sus propias fuerzas y limitaciones y atendiendo -como siempre lo hizo- al bien de la Iglesia, tuvo la valentía de tomar la decisión de renunciar a su ministerio pontificio. Con la firmeza que siempre lo caracterizó y haciendo uso pleno de su libertad, decidió poner el timón de la Iglesia en manos de alguien más. Hizo vida lo que muchas veces enseñó como maestro de teología y después como obispo, cardenal y sumo pontífice: dejó que el Espíritu Santo actuara para bien de la Iglesia entera. 

Hoy hace un año dió a conocer su decisión. La Iglesia como era de pensarse, se conmocionó, las interpretaciones apresuradas se fueron maquinando, y todos se preguntaban el por qué de tal decisión. Tuve la oportunidad de vivir ese acontecimiento aquí en Roma, y les puedo asegurar que aunque el desconcierto era mucho, había en el ambiente de la Iglesia y de la Universidad esperanza y una fe renovada por el ejemplo del Santo Padre. 

La Iglesia no se colapsaría, al contrario se fortalecía con el ejemplo vivo de un hombre de la talla de Benedicto XVI, que se gastó y desgastó en un servicio fiel a Dios y a todos los que somos católicos. Mi oración está con el Papa emérito, mi admiración también, pero sobretodo una profunda gratitud por su ejemplo y su herencia espiritual y teológica, que por un don especialísimo de Dios le ha entregado a la Iglesia en vida.