miércoles, 15 de enero de 2014

QUIETUD

Mañana tengo examen de una clase que lleva por título: "Iglesia y Carismas". Durante este semestre hemos reflexionado sobre la naturaleza de los carismas suscitados por la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia. Ha sido una clase bastante interesante. 

Siempre que pienso o leo acerca del Espíritu Santo, viene a mi mente una actitud: la quietud. De todas la maneras de invocación del Espíritu Santo que he conocido, la que creo más coherente con su naturaleza es aquella que se hace desde el silencio. Una oración hecha desde la quietud siempre tendrá fruto. Ciertamente en un mundo como el nuestro en el que las prisas lo aceleran todo y en la que lo rápido y eficaz es lo más deseable, estar quieto es casi un lujo. Sin embargo podemos ejercitarnos en la quietud siempre y cuando nos lo propongamos. 

Las iglesias, capillas y oratorios, son lugares privilegiados para buscar la quietud. Cuando se entra en ellos, casi automáticamente entramos en una atmósfera diferente, dispuesta para el encuentro con Dios. Ahí, con una disposición resuelta, podremos estar en silencio, serenar el ánimo y callar. Callar no sólo la boca, sino también el pensamiento. 

¡Cuanto bien hace a una persona de fe estar en silencio! Ahí en el silencio Dios se manifiesta de una manera especial. Tal vez al principio se nos hará difícil hacer silencio y callar. Sin embargo no hay nada que la paciencia y la constancia puedan conseguir. Además también contamos con la ayuda de Dios, y al respecto me atrevo a decir que ya con el simple hecho de entrar en un lugar sagrado ya estamos siendo bendecidos por Él. Sólo propóntelo y visita alguna iglesia, siéntate y haz silencio. Y al cabo de hacerlo repetidas veces, te acostumbrarás a la quietud y podrás orar más facilmente.