lunes, 26 de agosto de 2013

VERANO VALENCIANO

Este verano lo he pasado en España. He apoyado el trabajo pastoral en tres parroquias Valencianas: La parroquia de los Santos Vicentes, en el pueblo de Corbera, la parroquia de Santa María la Mayor en el pueblo de Riola y la parroquia de San Juan Bautista en el pueblo de Chiva.


Ha sido todo un descubrimiento. Yo no conocía España y he empezado a conocerla por estos pueblos de la Comunidad Valenciana. La Iglesia en España es diferente a la Iglesia de Italia, aquí encuentro más elementos comunes con la Iglesia de México, y no es algo raro, de este país hemos recibido la fe.


Valencia es una región donde la gente tiene fe y aunque no llena los templos, a menos de que sea época de fiestas, se puede percibir una fe que tiene tradición y está arraigada profundamente en la cultura, en la vida diaria. He percibido la necesidad de Dios, que como en cualquier otro lugar tiene un privilegiado lugar en la vida de la gente.


La gente de esta región española es gente recia, que habla fuerte, que discute, que se apasiona y que dice lo que piensa. Estas son comunidades que se han forjado durante generaciones en una tierra fértil de arroz, en la algarabía de las fiestas religiosas aderezadas con abundantes fuegos pirotécnicos, en el sabor inigualable de la auténtica paella valenciana hecha a leña, en la centenaria rivalidad hispánica entre el toro y el hombre, en la devoción a la Virgen María vestida de numerosas advocaciones y que se encumbra en la ermita construida en lo alto de un monte donde existen las ruinas de un castillo medieval arrebatado de la mano de los "moros".



En estos dos meses he podido disfrutar de la fe sencilla del puñado de gente de edad avanzada que siente resonar en su corazón las campanas volcadas a todo vuelo. En la parroquia de Corbera he podido compartir con la gente la celebración de cinco de los siete sacramentos, porque ahí pude celebrar la Eucaristía, reconciliar a los penitentes en la confesión, bendecir el matrimonio de unos novios, ungir a los enfermos, y bautizar a un par de niños.


Y al comentar este recuento escuchar de una señora decir: "Venga don Israel, sólo le faltó ordenar curas y confirmar, pero como usté no es obispo, vale pues ya'stá." En este tiempo también acompañe el duelo de los dolientes que traían a su difunto a las exequias en el templo.

Descubrí una Iglesia que aunque lejana de lo que yo conozco como parroquia, comparte la misma fe que mi Iglesia de origen, ya que aunque en continentes diferentes la Iglesia sigue siendo una y católica.


Hoy a unos días de partir de aquí y regresar a Roma, le agradezco mucho a los párrocos que me recibieron y me otorgaron su confianza y apoyo, y también le agradezco a  toda la gente (que fue mucha) que conocí y con la cual he convivido en estos días. Pero sobre todo le agradezco a Dios, por el don del sacerdocio que me ha confiado ya que con él puedo servir en la Iglesia que está en todo el mundo.