domingo, 16 de junio de 2013

APOLOGÍA PATERNA


Cuando se presentan oportunidades como la de hoy, en la que festejamos civilmente a los padres de familia, mi reflexión sobre la paternidad siempre encuentra un “pero” en el camino. El “día del padre” definitivamente no es tan taquillero como el “día de la madre” ni comercialmente, ni en lo que se refiere al tamaño del festejo. Es más, creo que hasta el “día del niño” tiene más relevancia en el pensamiento popular que el “día del padre”.
¿Por qué será esto? Una de las razones que se me ocurren y que de hecho es la razón de ese “pero” del que les hablo, es que la figura paterna es tal vez una de las más incomprendidas. Sí, tal vez se puede alegar que no podemos poner en tela de juicio el amor que le tengamos a nuestro papá, sin embargo es necesario reconocer que si bien muchos de ellos son base sólida sobre la cual se ha construido nuestras familias, poco tiempo dedicamos al buscar entender o siquiera tener algún poco de empatía con esos varones que hemos recibido como padres.


Cuando estudiaba teología en el seminario, una vez escuché de un maestro, que una de las dificultades más grandes al predicar a Dios como Padre, es precisamente la idea negativa que sobre ese rol regularmente se tiene en la sociedad, sobre todo en las familias; textualmente ese maestro dijo: “Los fieles cuando escuchan que tu les dices que Dios es Padre, inmediatamente piensan en la figura paterna que conocieron en la infancia, que en la mayoría de los casos es negativa, sinónimo de abuso, embriaguez, prepotencia y violencia”.
Y creo que no se equivoca mucho en la afirmación, sin embargo pienso que es una consideración muy parcial. No creo muy correcto limitar el lenguaje de la predicación de Dios, solamente porque los conceptos que utilicemos los sacerdotes sean vinculados por los oyentes con experiencias negativas. Si aplicáramos con rigor este criterio no podríamos decir nada de nada, de absolutamente nada, ya que siempre tendríamos el peligro de decir cosas que se malentiendan.
Pienso más bien que hemos incomprendido a nuestros papás. Claro que al afirmar esto no justifico de ninguna manera los errores de muchos de ellos al criar a sus hijos, sin embargo quiero lanzar algunas preguntas que tal vez sean incendiarias: ¿Quién nace sabiendo ser padre? ¿No será más bien un don que se reparte de lo alto como un signo claro de una vocación específica? ¿Quién eres tu para juzgar el actuar de tu padre, sea como haya sido?
Y es triste, pero a veces ni Dios, que ciertamente es nuestro Padre (con “P” mayúscula, porque sólo Él es el padre perfecto y modelo de toda buena paternidad) se salva de nuestra incomprensión. Es triste porque a veces se oye decir: “¿No que Dios es un Padre amoroso? Entonces ¿por qué sigue habiendo guerra en el mundo?”, preguntas falaces hechas con las tripas que surgen de una total ignorancia de lo que es Dios en realidad.  
Al verdadero Padre, solamente lo conoceremos perfectamente a través del verdadero y perfecto Hijo: “Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt. 11, 27) Sí, el testimonio de Jesús en cuanto al ser y actuar del Padre es irrefutable.

"Jesucristo nos señala a Dios como Padre"
de Elizabeth Wang.

¿Quién más que Él para hablarnos de su amor?, ¿quién puede ser más veraz en su testimonio que Jesús?, quien además de amar profundamente al Padre, se dedicó con todas sus fuerzas a cumplir cabalmente su voluntad aquí en la tierra.
La paternidad humana ha sido bendecida desde siempre por Dios, ya que los padres humanos, aunque no perfectamente, reflejan ese inmenso amor callado, resistente y fuerte que Dios nos tiene a todos. Aunque para nadie es extraño que las mamás con su presencia eclipsan a los papás, también es cierto que no por ese ocultamiento, la presencia y obra de los padres de familia está ausente.
Hoy que es día del padre, no sólo busques alegrar momentáneamente a tu papá. Desde hoy busca sobre todo el ponerte en su lugar, contémplalo en sus actitudes, palabras y obras y date cuenta que tu mismo portas en tu manera de ser esas actitudes, palabras y obras, porque de ese barro fuiste hecho, no lo juzgues más, porque juzgarlo a él es juzgarte a ti mismo; y con todo esto proponte ser un mejor hijo para tu papá. Y si no conociste a tu papá, búscalo en Dios, Él con mucho gusto y sin pedirte permiso, ha tomado ese papel en tu vida y te ha cuidado y protegido en cada paso que has dado y darás hasta el final de tus días.  Y si eres papá, pues ¡muchas felicidades! Porque tienes la oportunidad de regocijarte en tus hijos y de ser para ellos cada día mejor padre reflejando en ti el amor y ternura de nuestro Padre del cielo.