domingo, 11 de noviembre de 2012

LOS "AMPLIOS ROPAJES" NO SON CRISTIANOS

La Iglesia tiene necesidad de humildad. El Evangelio de hoy domingo (Mc 12, 38-44) nos lo pone de manifiesto. Pasearse con amplios ropajes, buscar los puestos de honor, y ponerse por encima de los demás no es cristiano. La Iglesia debe ser humilde o no debe ser.
Este es un tema complejo porque nos vamos introduciendo en el ámbito de la complejidad humana. Es triste pero ya con un poco de conocimiento o ventaja sobre los demás los seres humanos nos ensoberbecemos. Hacerse soberbio es un acto puramente humano, ser humilde es un acto auténticamente divino. 
El ejemplo más claro de humildad divina esta en Jesús. Siendo Dios, se hizo humilde, se anonadó, entró por obediencia y amor en la dinámica de la kénosis. Si nuestro caminar de fe no se va desarrollando en un esfuerzo decidido por ser cada vez más humildes, tiene el peligro de desviarse y hacerse torcido hasta convertirnos en verdaderos escribas y fariseos "cristianos" del siglo XXI. 
La Iglesia, Cuerpo de Cristo esta hecha para la humildad, esta adornada con dones tan excelsos que invariablemente la conducen por el camino de la sencillez y el servicio, sin embargo algunos de sus miembros no hemos entendido eso. Es triste pero todavía existen personas que apuestan por una Iglesia encumbrada a la manera de antaño, cuando el poder político, económico y religioso estaba en manos de los pastores. 
Creo firmemente que esa es una de las razones de porqué el secularismo ha ido ganando terreno. Todavía se quiere predicar desde el encumbrado púlpito de mámol o encerrarse en una visión indiferente y desentendida de la realidad que acecha al rebaño. Y esto en el peor de los casos, tampoco hay que ser fatalistas. Una fuerte tensión viene manifestandose en el interior de muchos católicos que quieren poner todas sus energías en hacer presente a Dios como realmente es, se trata de la tensión de conversión y de hambre de Dios que cuestiona fuertemente nuestro proceder y su repercusión en la vida del mundo. Es una tensión que quien la siente en su vida de fe, debe agradecer a Dios por esa gracia del Espíritu que lo mueve a la conversión, porque quien se "duerme en sus laureles" buscando revencia y primeros puestos en lugar de hacer lo que le toca, (como dice el Evangelio) "recibirán un castigo muy riguroso".