jueves, 19 de abril de 2012

EL 19 DE ABRIL DE 2005 COMO OLVIDARLO

Hace siete años, la emoción era palpable en toda la Iglesia. El 2 de abril del 2005, el Papa (ahora beato) Juan Pablo II, entregaba su alma a Dios, después de un largo pontificado de más de 25 años y toda una vida dedicada a proclamar el evangelio. La sede vacante, provocaba una inquietud obvia entre los que dedicamos nuestra vida al servicio de la Iglesia. ¿Quién ocupará ahora la sede de Pedro? diecisiete días duró esta duda. Y felizmente el 19 de abril de ese año conocimos el nombre del nuevo Papa: "Josephum, Sancte Ecclesiae Cardinalem, Ratzinger". Quien ante los cardenales reunidos en cónclave y a la pregunta de como quería ser llamado, dijo: "Benedicto XVI." 
Estando en el descanso de una clase, escuchamos la campana de la capilla del Seminario que anunciaba la alegría de tener Papa. Sintonizamos una TV empotrada en la pared de uno de los salones donde nos encontramos y vimos la imagen borrosa de la chimenea de la capilla sixtina, arrojando la famosa "fumata blanca" ahora de día y no de noche como se vió en 1978 cuando eligieron a Juan Pablo II. 

Nos dieron la hora libre de la siguiente clase y algunos corrimos a la sala de TV de los edificios de dormitorios. Y ahí conocimos al nuevo Papa, algunos compañeros ya lo conocían como cardenal, para mí fue la primera vez que lo vi en mi vida. Pronunció un breve mensaje pero lleno de contenido. Solo recuerdo que dijo: "Después del gran Papa Juan Pablo II..." y otra frase: "Me consuela el hecho de que Dios sabe trabajar y actuar aún con instrumentos insuficientes."

Esta última frase que yo consideré plenamente vocacional, durante los últimos cinco años de mi formación inicial en el seminario me alentó grandemente. Ese mismo día nació mi sobrino Santiago, sugerí que le pusieran Benedicto, pero los planes eran otros, de cualquier manera su cumpleaños es recordatorio de alegría y es significativo. 

Siete años han pasado y el Papa sigue en pie, no ha pasado día en el que este hombre tan lleno de sabiduría y fortaleza siga proclamando la verdad del Evangelio. No siempre comprendido,(así pasa siempre con los hombres grandes) pero lleno de una fe inquebrantable, Benedicto XVI sigue guiando a la Iglesia. La barca de Pedro, que navega en un mar que a veces eleva olas de confusión, relativismo y sin sentido, tiene en el timón a un hombre que elegido por el Espíritu Santo no cesa en entregarse al servicio de los siervos de Dios. ¡Viva el Papa!