jueves, 29 de septiembre de 2011

SANTOS MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL, ARCÁNGELES


Siempre he creído en los ángeles. Es una creencia muy arraigada en mí que Dios nos ha dotado de estos compañeros de camino para protegernos y hacernos más asequible su voz que se nos da en cada paso que damos. Será porque la primera oración que aprendí en mi infancia fue precisamente el célebre "Angel de mi Guarda..." que me atrevo a decir que si alguien no lo conoce no puede llamarse católico.

Los arcángeles son seres celestiales que no tienen otro mensaje que el darle gloria a Dios. Ya sea por la bravura y valentía de San Miguel en la lucha contra satanás, por la amabilidad y compañerismo de San Rafael junto a Tobías o por la humildad y fidelidad de San Gabriel en el mensaje de la Anunciación; cada uno de ellos son prototipos de las virtudes y actitudes que debemos de tener ante la majestad Divina.

Su presencia en la vida de la Iglesia no es ficción, no es fantasía, es una realidad sorprendente, llena de poder y de amor. Invocarlos es asociarnos a su acción siempre fiel a Dios y a la causa de la salvación de los hombres. Imitarlos en sus virtudes siempre nos ayudará a avanzar en nuestra conversión.

Es necesario que purifiquemos la imagen y devoción a los santos arcángeles de todo rastro de esoterismo. La New Age se ha encargado de despojar a estos seres celestiales del verdadero significado que tienen en la vida de las personas de fe. Pienso que si tuviéramos la oportunidad de conversar con alguno de ellos y les preguntáramos sobre lo que piensan de su inclusión arbitraria en ritos, recetas y prácticas esotéricas, responderían que nunca hubieran aprobado el que se les incluyeran en ese tipo de cosas que están lejos de la voluntad santísima de Dios.

Una verdadera devoción cristiana a los arcángeles debe siempre llevar la conciencia clara de que el culto que se les rinde es directamente trasladada por ellos mismos directamente a Dios. Por que si una virtud tienen los arcángeles, es la voluntad plena de glorificar y hacer glorificar a Dios, ahí esta lo medular de su existencia.