domingo, 5 de junio de 2011

UNA NUEVA MANERA DE ESTAR PRESENTE


Al leer la narración del Nuevo Testamento sobre la Ascensión del Señor, podríamos pensar que se trata del final de una historia. Cristo se despide, da instrucciones y se va. Se eleva ante los ojos de todos sus discípulos y desaparece en medio de las nubes. Sí, es un final.

Cristo concluye su obra y la continúa ahora de manera distinta. No es que ahora la realice a gran distancia desde allá en el cielo. El se fue pero no se fue, tiene poder para hacer eso. Realmente se fue, sus discípulos lo vieron ascender hasta ser ocultado a sus ojos por una nube, y realmente se quedó y esta presente aquí en la tierra. Su presencia es cierta y palpable en cada uno de los miembros de su cuerpo místico: La Iglesia.

Cristo concluye su obra en el mundo y la continúa haciendo en el mundo a través de sus discípulos, los cuales han cambiado su “status”, para siempre, ahora ya no son solamente discípulos situados a los pies del maestro. Ahora son discípulos-misioneros, son apóstoles, que es lo mismo que decir: enviados.

La Iglesia, como comunidad de discípulos misioneros, esta compuesta por todos los bautizados que después de casi veinte siglos de que el Señor Ascendió a los cielos, sigue haciendo realidad en el mundo el mandato del Señor: “Vayan, pues, y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…”

La obra de Cristo en el mundo se perpetúa en la respuesta generosa y positiva de miles de millones de hombres y mujeres de fe, que todos los días se dedican en cuerpo y alma a dar testimonio decidido de que Cristo ha vencido a la muerte y al pecado y con ello nos ha salvado.

Todo esto no sin grandes dificultades, a veces tristemente provocadas por miembros de la misma Iglesia, que con su falta de compromiso y de testimonio cristiano han provocado escándalos que en los más débiles de fe, son pretexto suficiente para cambiar de Iglesia, dejar de asistir a ella, sumándose así a los miles de católicos pasivos que ya de por sí existen.

Por que hay que reconocer que la Iglesia en cuando a su aspecto humano se parece a un organismo vivo que tiene defectos, y en ocasiones en alguno de sus miembros se “enferma” y todo el organismo sufre en cierta medida por eso. Sin embargo eso no termina ahí, también viene la cura, se recobran las fuerzas y sigue adelante esforzándose por su purificación, asistida por la gracia de Aquel que la ha fundado. Porque si las obras de los hombres perduran, la obras de Dios perduran aún más, y la Iglesia es obra de Dios.

Sí, la ascensión del Señor Jesús a los cielos fue un final, pero también es inicio, el inicio de la manifestación plena de aquellos que han sido consagrados con el bautismo, es decir todos nosotros.