miércoles, 1 de junio de 2011

EXEQUIAS


Hoy asistí a la misa exequial de cuerpo presente de un amigo diácono, con el cual compartí muchos buenos momentos en el Seminario. Falleció ayer, por complicaciones en un tratamiento para una enfermedad que desde hace meses padecía. La noticia de su fallecimiento me impactó. Tenía 33 años de edad. Un grupo de 15 hermanos sacerdotes acompañamos a su familia en la misa exequial.

Por un momento hace rato me puse a pensar en mi propia muerte. Pensar en la propia muerte es algo que a muchos atemoriza, y que muchos hemos alguna vez pensado. Todos moriremos a este mundo, eso es inevitable. Y gracias a Dios no sabremos ni el día ni la hora. Para lo que tenemos fe la muerte debe ser esperada en la más absoluta paz. Es un paso para el que debemos estar siempre preparados. Pedir perdón a Dios todos los días ayuda mucho a mantenernos en esa espera gozosa. Ponernos en sus manos todos los día reconforta la ansiedad de morir repentinamente.