jueves, 2 de diciembre de 2010

DE DOLOR Y ESPERANZA

Ayer fue la segunda vez que estuve en el preciso momento de la muerte de una persona. Anteriormente había sido testigo del momento final de mi propio tío, hermano mayor de mi papá. En aquella ocación me sentí impotente ante ese acontecimiento. Ví como expiraba mi tío, que también era mi padrino de bautizo. Fui testigo del dolor de mi familia. Ayer volví a experimentar lo mismo, estuve presente cuando un hombre joven expiraba. Y su familia estaba alrededor de él.

Pero en esta ocasión fue diferente, ya no me sentí impotente ante este acontecimiento. Estuve presente porque soy sacerdote. Un fiel laico de mi parroquia me llevó hasta el hospital y llegamos justamente en el momento en el que el joven estaba agonizando. Empece a orar por él junto con la familia encomendándolo a la intercesión de los santos, momentos después estaba encomendando su alma a la misericordia divina. "Alma cristiana, al salir de este mundo, marcha en el nombre de Dios Padre todopoderoso que te creó..."

Son momentos de dolor y esperanza, de dolor porque un ser querido se ha ido, y de esperanza porque un consuelo profundo es saber que ya descansan en paz. Son momentos en los que la fe de las personas se manifiesta con más fuerza, y la presencia del sacerdote es presencia de Cristo Buen Pastor que fortalece en esos momentos. He visto morir a dos personas, los dos varones, y en una coincidencia sorprendente los dos se llamaban Sergio. Y no le dejo de dar gracias a Dios, por su gran misericordia para conmigo porque disponiendome a su voluntad, llegó un momento en el que desaparecí y Cristo a través de este indigno instrumento extendió su mano solidaria y consoló a una familia.