sábado, 14 de agosto de 2010

TU ES SACERDOS IN AETERNUM

Soy sacerdote.

Esta es una realidad que desde hace unas horas estoy experimentando. No existen palabras para describir la felicidad que siento. La plenitud de mi ser, eso es lo que estoy experimentando. La certeza de la vocación y de la misión que Dios inscribió en mi vida mucho antes de que tuviera uso de razón, eso es lo que ahora poseo. Le pedí a Dios que me admitiera entre sus ministros y él -que nunca se deja ganar en generosidad- me hizo sacerdote para siempre. Mi alma ha sido sellada con un carácter indeleble, soy sacerdote de Cristo. Un milagro de amor del que no hay palabras para describirlo en su totalidad.

Al terminar la misa de ordenación he saludado a muchas personas que en diferentes etapas de mi vida vocacional me han ayudado a ser lo que ahora soy. Muchas de ellas con gran devoción besaron mis manos, que desde ahora son manos de Cristo. Mis manos son desde hoy, manos cristificadas por la gracia infinita de Dios. Aunque puedo decir por que así lo procuré, que el que primero besara mis manos ya ungidas y consagradas a Dios, fuera yo mismo. Besé en mis manos las manos de Cristo.

Don José Juan Carrión Rangel, un buen amigo mío y maestro de la ciencia heráldica, ha publicado un post en su excelente blog de heráldica una entrada referente a mi ordenación sacerdotal, en la que expone el escudo de armas que he diseñado para significar esta consagración que he recibido para el Servicio del Pueblo de Dios: La Iglesia. El link aquí.