lunes, 5 de julio de 2010

DESPUÉS DEL HURACÁN II

Después de la tempestad viene la calma, dice el refrán. Gracias a Dios la ciudad a pesar de carecer en extensas áreas de servicios básicos, y algunos embotellamientos viales esta más tranquila. Se siente un ambiente diferente, hemos sido golpeados en lo material, pero sobre todo en lo anímico. El paso siguiente es la reconstrucción, y las voces de esperanza se necesitan.

En mi homilía del Domingo, señalé la importancia de reflexionar sobre lo que Dios nos quería decir con este acontecimiento:
"Dios siempre nos habla y este acontecimiento que nos sacude a todos debe llevarnos a recordar nuestro sitio en el conjunto de la creación. Ciertamente somos parte, no dueños, ni señores de la creación, somos una parte importante, aunque pequeña del cosmos. Estamos sometidos a las leyes de la naturaleza y somos limitados y vulnerables. Tal vez estábamos muy ensimismados, demasiado ocupados en nuestros asuntos personales y en alcanzar nuestras metas, que nos olvidamos de la necesidad de los hermanos. Y este fenómeno natural que sacudió a todos los estratos sociales, a todos por igual debería de servir para darnos cuenta de que nos necesitamos los unos de los otros y que el camino para poder sobrevivir es estar unidos por medio de la caridad y la solidaridad."

Estos últimos días han estado marcados por el acopio de víveres para compartirlos con los que lo perdieron todo. La tempestad ha despertado virtudes profundas y edificadoras que solamente pueden surgir de un corazón conmovido: la caridad y la solidaridad. Estoy seguro que la ciudad se pondrá nuevamente en pie y saldremos adelante.

Hoy conviví un rato con mi párroco de origen y el padre vicario, fue un encuentro fraterno que me animó mucho. El tema principal fue la preparación de mi cantamisa. Hay muchos detalles que platicar y afinar. Dios mediante esos detalles quedarán listos en esta semana. Tengo mucho que hacer y el tiempo apremia. Sin embargo estoy animado y confiado en Dios.