lunes, 14 de junio de 2010

MINISTRO DE LA EUCARISTÍA

Ayer se cumplieron 18 años de mi primera comunión. El 13 de junio de 1992, fue la fecha en la que recibí por primera vez el Cuerpo y la Sangre del Señor. Recuerdo que en esos años mi devoción no era muy conciente pero era firme. No recuerdo haber tenido dudas sobre la presencia real del Señor Jesús en el Santísimo Sacramento. Creo que en estos primeros años en los que empecé a conocer al Señor Jesús, Él sembro la semilla de la vocación sacerdotal en mi corazón, muchos de los niños que hicimos la primera comunión ese año, estoy seguro que éramos tierra fértil para esa semilla. Gracias a Dios esa fue la primera de muchas comuniones que después recibí.

Después de ese día y aunque yo no lo entendía ni me daba cuenta, cambió mi vida. Fue la confirmación de un camino que hoy todavía sigo recorriendo, el camino de mi fe. Ahora que estoy por recibir el sacramento del Orden Sacerdotal, me siento tan emocionado o más que en aquel verano del 92' cuando me preparaba para recibir a Jesús Eucaristía. Este recuerdo tan grato adquiere un nuevo significado para mí en este momento de mi historia. Dentro de poco no sólo voy a alimentarme del Pan Bajado del cielo, sino que además le prestaré mis manos al Señor Jesús, para que a través de ellas consagre el pan y el vino y los convierta por el poder del Espíritu Santo en su mismo Cuerpo y su Sangre.

Ayer mismo me sucedieron dos experiencias que me llenaron de impotencia. No pude llevar a cabo una celebración de la palabra que mi párroco me había encomendado por que no había reserva del Santísimo Sacramento en el sagrario para poder dar la comunión. Y yo no pude celebrar por que no soy sacerdote, todavía no puedo consagrar el pan y el vino. Tuve que ir a avisarle que no podía celebrar así, la gente se quedaría sin comulgar. Tuvo que celebrar él. En esa misa consagró el pan eucarístico que yo iba a repartir en la celebración siguiente en otra comunidad. Ahora si iba a poder hacer la celebración de la palabra. En fin llegó el momento de la comunión y ocurrió la segunda experiencia triste. Diez personas se quedaron sin comulgar, por que se agotaron las hostias consagradas. Otra vez me llené de impotencia.

Estas experiencias se las referí a la gente al terminar esa celebración. Les dije que me llenaba de tristeza el no poder consagrar el vino y el pan para que no faltara, por que aún no era sacerdote. Y entonces les comenté: Sin embargo les comparto una alegría muy grande, a partir del 14 de agosto esta frustración e impotencia no será más. He sido notificado que mi solicitud para ser ordenado sacerdote fue aceptada. Los aplausos y la alegría llenó a la asamblea. Y les dije les prometo que de esa fecha en adelante no faltará el santísimo sacramento en las celebraciones que yo presida. segunda ronda de aplausos. Y entonces si me emocioné mucho, y termine diciendoles: Es necesaria la oración por los sacerdotes, para que siempre haya muchos y muy santos sacerdotes. Y para que no haya escasez de sacramentos. Y todos asintieron. Al final recibí sus felicitaciones y como siempre les pedí que no dejaran de orar.